Nos mueve la necesidad de conectarnos

Aparte del  nuevo libro, aún sin publicar, de Silvia Casabianca, Sin Amor no hay Civilización. Del Miedo a la Solidaridad.

Algún día cuando hayamos dominado los vientos, las olas, las mareas y la gravedad, aprenderemos a utilizar las energías del amor. Entonces por segunda vez en la historia del mundo, la humanidad habrá descubierto el fuego.  Teilhard de Chardin

A pesar de las palabras de odio terribles que se leen en los comentarios de los artículos de prensa y twitters, a pesar de lo candentes y hasta destructivos que se vuelven los debates políticos, a pesar de las múltiples guerras contemporáneas y de Viejitaque muchos medios se inclinan a dar preferencia a historias de abusos, corrupción y disputas, a pesar de todo, veo a diario seres humanos embarcados como yo en una misma búsqueda… y la búsqueda es la del amor. Nos mueve una necesidad de conectarnos, de sabernos parte del todo. Si no somos conscientes de ello, al menos intuimos en lo más profundo de nuestro ser que somos seres sociales, que necesitamos vínculos; queremos ser amados, sentirnos necesitados y útiles, sabernos protegidos, apoyados, parte de una tribu.

En 1943, el psicólogo Abraham Maslow[1] planteó una teoría de la motivación humana con una jerarquía de necesidades que debiera satisfacerse en una cierta secuencia, empezando por las básicas que nos garantizan la supervivencia, para poder seguir avanzando hacia la autorrealización. Propuso que cuando el déficit en una de esas jerarquías ha sido más o menos satisfecho, nuestras actividades se dirigen hacia la satisfacción del siguiente grupo de necesidades. En últimas, según Maslow, colmamos nuestras necesidades no tanto porque nos haga falta algo sino porque, siguiendo un impulso innato, queremos crecer.

Una vez nuestras necesidades fisiológicas y de seguridad están más o menos satisfechas, procedemos a suplir las necesidades sociales de amor y pertenencia, lo cual explicaría por qué se forman familias, por qué tanta gente busca ser miembro de una iglesia, afiliarse a un partido político, un club o un equipo deportivo.

Maslow no presentó evidencia empírica de su teoría y en psicología se considera su modelo a veces muy lineal. Sin embargo, muchos estudios realizados con mamíferos, desde pequeñas ratas hasta los humanos, sugieren que nuestro bienestar depende significativamente de nuestro entorno y que sufrimos cuando nuestros vínculos son amenazados o truncados. Ahora tenemos abundante evidencia de que estamos condicionados para conectar con otros.

Cuando somos rechazados por parte de un grupo social, somos víctimas del bullying o perdemos a un ser querido, sufrimos lo que se conoce como dolor social lo que nos demuestra que las conexiones entre humanos no son opcionales o fortuitas, sino que existe una necesidad esencial dictada por razones adaptativas, de crear vínculos.

Los psicólogos Roy Baumeister and Mark Leary[2] analizan las razones que prueban que tenemos una necesidad psicológica de pertenencia. Sentirnos conectados y formar vínculos afectivos es una demanda adaptativa, dicen los autores. Esta necesidad se pone de manifiesto desde la infancia cuando los bebés desarrollan espontáneamente apegos.

Los autores basan su hipótesis en varias observaciones:

  • Una vez que una relación se establece, las personas son reacias a romperlas incluso cuando existe tensión, conflicto o incluso abuso. O sea, la gente prefiere evitar la separación, aunque haya que pagar un alto costo emocional.
  • Cuando nos sentimos cercanos a otros, nuestros pensamientos se adaptan y empezamos a incluir aspectos del otro en nuestro concepto de nosotros mismos hasta llegar a sentir que nuestros destinos están entrelazados.
  • Las relaciones cargan un peso emocional significativo: estamos felices cuando las cosas van bien; tendemos a sentirnos miserables, ansiosos, celosos, cuando hay conflicto.
  • Cuando no estamos en una relación cercana con otros, sufrimos.
  • Las estadísticas nos muestran que quienes sostienen una relación de pareja se mantienen más saludables, menos estresados y tienen una expectativa de vida más larga.
  • Las separaciones, incluso si son breves, producen malestar y tristeza.
  • La gente prefiere tener pocas, pero muy cercanas amistades y un número mayor de conocidos, siendo la calidad más importante que la cantidad. Esto es porque establecer un vínculo toma tiempo y requiere esfuerzo e inversión de energía. Cuando una relación se rompe, la gente tiende a buscar una nueva.

Baumeister y Leary concluyen en su estudio que los seres humanos estamos motivados por una necesidad de pertenencia, esto es, por un fuerte deseo de formar y mantener duraderos vínculos interpersonales.

Esta necesidad fue por primera vez estudiada y descrita por el psiquiatra John Bowlby[3] quien formuló la teoría del apego[4] (attachment theory) abriendo la puerta a una comprensión más profunda sobre el hecho de que somos animales sociales, pero también a entender que los primeros años de la vida de un niño son determinantes. Estudiando niños que habían sido separados de sus padres durante la Segunda Guerra Mundial encontró que aquellos que fueron criados en orfanatos presentaban retrasos cognitivos, problemas para regular emociones y para relacionarse con otras personas. Los autores e investigadores contemporáneos Daniel Siegel y Helen Fisher están hoy a la vanguardia del estudio sobre el apego.

En un bien divulgado estudio, Harry Harlow en los años 1950s diseñó “mamás” de alambre, fieltro y madera a través de las cuales se alimentaba a monos Rhesus recién nacidos. Después mantuvo a los animales en total aislamiento. El investigador concluyó que el contacto físico del crío con su madre, incluso con esa madre de alambre, era tan o más importante para su bienestar y desarrollo que la nutrición que recibía. En su laboratorio de Wisconsin, Harlow exploró la naturaleza del amor, tratando de entender cómo se formaban las relaciones entre infantes y sus madres. Probó que el amor a la madre era más de tipo emocional que fisiológico, relacionado con el cuidado que el crío recibe y que la capacidad para formar un vínculo estaba asociada con momentos críticos de la vida temprana, después de los cuales era difícil compensar la pérdida inicial de seguridad emocional.

Daniel Siegel también ha hecho énfasis en el hecho de que los niños que desarrollan un vínculo seguro con sus padres saben que pueden acudir a ellos cuando necesitan apoyo. Esto los capacita para empatizar con otros más tarde.

Por lo que sabemos, en sus inicios, el bien colectivo, entendido como aquello de lo que se benefician todos los vecinos, era prioridad para los seres humanos y esto se ve aún en las comunidades indígenas en gran parte del mundo. Como tenemos una necesidad innata de conectarnos con otros, de sentirnos parte del grupo, la vergüenza que se deriva de cometer una acción que perjudica a la comunidad se vuelve un obstáculo para nuestra integración al grupo. Cuando se rompen las reglas y se cometen actos que atentan contra la comunidad, el miedo de convertirse en un paria y la consecuente vergüenza de saberse expuesto contribuye a corregir (a veces a ocultar) el comportamiento. El que las tribus acostumbraran aventilar en público los actos que afectaran a sus miembros, tendía a corregir conductas que no eran beneficiosas para la comunidad.

El Dr. Ed Diener es conocido como el Dr. Felicidad por más de 25 años de investigaciones en el tema del bienestar. Intrigado por el hecho de que en los Estados Unidos el incremento significativo en el ingreso no ha tenido un impacto positivo sobre el bienestar de la gente, se dedicó a estudiar qué otros factores contribuyen a una vida más satisfactoria. Diseñó un cuestionario que es utilizado por muchos terapistas. En uno de sus estudios con Martin Seligman[6], otro investigador de la Universidad de Illinois, encontró que los más contentos entre 222 estudiantes universitarios encuestados eran aquellos que mantenían vínculos estrechos con sus familias y amigos. Eran más extrovertidos y menos neuróticos. Otros estudios corroboran que la satisfacción que experimentamos está relacionada con el grado de nuestra conexión con las demás personas. Somos seres sociales y seguramente el psicoanalista Erich Fromm[7] tenía razón cuando afirmó que buscamos toda la vida vencer un sentimiento de separación y que nos enloqueceríamos si no lográramos de alguna manera unirnos con otros. Este sentimiento de separación, adquirido al nacer tanto como seres humanos y como individuos, nos lanza hacia un estado permanente de incertidumbre.

Aunque tengamos ese anhelo de conectar con otros, progresivamente nos sentimos más y más separados como individuos coexistiendo en un planeta y un universo del que también nos percibimos separados. Parafraseando al autor Charles Eisenstein[8], vivimos en un mundo en que la psicología nos considera una mente que habita en un cuerpo, las religiones predican que somos almas encarnadas, la física, que somos materia y estamos determinados por fuerzas impersonales, la biología, también determinista, que somos como un robot de carne y hueso programado por genes en beneficio de un interés reproductivo y, la economía, que somos actores racionales que buscan maximizar su propio interés financiero.

Pero la nueva ciencia empieza a desmentir tan tremendo disparate. Podemos superar la consciencia de separación, la cual contribuye grandemente a crear los síntomas que afectan a la humanidad en el presente. Esa percepción de segmentación nos lastima: nos vemos separados por género, fronteras nacionales, procedencia, creencias, color de la piel, estrato social. Y los mecanismos modernos que estamos encontrando para intentar vencer nuestras distancias (Facebook, Instagram, Twitter, por ejemplo) son desde luego insuficientes si no contraproducentes.

En la conferencia The Future of Modern Love (El futuro del amor moderno) dictada en un simposio de psicoterapia (The Psychotherapy Networker, 2018), ante una audiencia de 4.000 personas, la psicoterapeuta belga Esther Perel mencionaba que la vida urbana, a la vez que ha significado una libertad individual sin precedentes, es responsable por nuestro aislamiento, nuestra desconfianza de los otros y nuestra segregación como seres humanos. La pérdida de nuestro sentido de pertenencia a una comunidad explicaría en gran parte la calidad de las relaciones de pareja modernas. Ya las relaciones no están dictadas por la tradición y las convenciones sociales, sino que sus términos son negociables. Los matrimonios han dejado de ser para la mayoría una empresa económica para convertirse en una iniciativa romántica en la que se ponen enormes expectativas. Como en la vida urbana se pierde gran parte del capital social (se disuelve la tribu), la pareja se convierte en el TODO para el otro.  Debe proveer los recursos emocionales y físicos que antes la aldea por lo regular proveía. Si la intimidad acostumbraba a ser el resultado de la convivencia, ahora el otro debe convertirse en el recurso que suple todas mis necesidades de conexión. Debe hacerme sentir que valgo y cuento y ser el remedio para mi soledad existencial, concluye Perel. Este nuevo y absorbente amor romántico es una receta para el desastre, predice la autora. Las expectativas son imposibles. Los rechazos y las rupturas son mucho más dolorosas.

[1]Maslow, A. (1954).Motivation and Personality (Motivación y Personalidad). Harper and Broth.

[2]Baumeister, R. F., & Leary, M. R. (1995).The need to belong: Desire for interpersonal attachments as a fundamental human motivation (La necesidad de pertenecer: Deseo de crear vínculos personas como una motivación humana fundamental). Psychological Bulletin, 117(3), 497-529.

[3]En 1951, Sir John Bowlby escribió una monografía para la Organización Mundial de la salud titulada Maternal Care and Mental Health (Cuidados maternos y salud mental) donde propuso que los niños pequeños necesitaban la presencia cercana y constante de su madre (o sustituto) en la cual ambos encontraran satisfacción y gozo.

[4]Los términos vínculo y apego como traducción de attachmenta veces se usan como intercambiables en español, pero el término apego es tal vez una mejor traducción en el sentido de inclinación hacia alguien o algo, mientras que el término vínculo se usa en el sentido de atadura.

[5]No uso aquí el término antisocial como patología sino como opuesto al comportamiento prosocial.

[6]Diener, E., Seligman, M. Very Happy People (Gente muy feliz)en https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/11894851

[7]Fromm publicó The Art of Loving (El arte de amar)en 1956.

[8]Eisenstein es un conferencista bien conocido en temas de ciencia y filosofía. Para saber más visite: http://www.charleseisenstein.net

 

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